La niña que moría a cada rato
de José Luis Arce, una puesta de Joaquín Gómez.
Teresa Gatto (Universidad de Buenos Aires)
Y el jaguar les comerá el corazón
(José Luis Arce, La niña que moría a cada rato. El prólogo de la obra juega de manera intertextual con el relato antropológico “Tortuga persigue a Tortuga” de Marx Münzel, compilado por Augusto Roa Bastos en “Culturas condenadas”, Siglo XXI, México, 1978.)
Cuentan los críticos que una vez publicadas en París las primeras leyendas de Miguel Ángel Asturias, Paul Valéry le recomendó que regresara rápidamente a América o, de lo contrario, se vería influido por el tenaz racionalismo europeo. Las leyendas y los relatos antropológicos problematizan la diferencia entre lo legible y lo escribible. Su literalidad es abrumadora y su interpretación puede desolar.
La niña que moría a cada rato (2008) de José Luis Arce, ya desde su prólogo mismo, deja planteado un tema recurrente: la barbarie del llano en América. Una multitud de voces anuncian en la oscuridad que el jaguar regresará y les comerá el corazón, porque el jaguar no es otra cosa que hombre devenido animal. Es un esse que es fieri. Un hombre-animal que ya no quiere estar solo. Lo inefable de las leyendas encuentra en América un territorio muy productivo. Bosque, escarpaderas, senderos, río y vertientes son las palabras con las que los personajes dan cuenta del espacio exterior; allí, fuera del abrigo de la choza en la que vive la familia, todo es peligro y todo puede ser barbarie.
Pronto queda planteado uno de los núcleos dramáticos: ¿cómo se vive con alguien que se muere una y otra vez? Padre y madre, sustancia germinal de la familia, representan el desasosiego de la pérdida que no cesa. Todos morimos alguna vez, pero la niña que los peregrinos le dejaron a la mujer del hueco en el vientre, lo hace todo el tiempo. ¿Será un milagro? ¿Será un castigo que consiste en repetir la muerte provocando el hoyo eterno en el seno de la madre? La poesía del texto se vuelve pura representación.
Rápidamente, se revela que la angustia abarca a todos los integrantes de la familia; los hermanos no escapan a la tragedia de ver la muerte en el rostro de la niña una y otra vez. ¿Y si esta vez no despertara? Y si despierta ¿cuánto tiempo estarán sus ojos abiertos? ¿Cuánto demorará en irse a ese lugar donde el tiempo se pliega en torno de la muerte? Vivir con ella importa el reto cotidiano de soportar el desvelo, de dejar de respirar para oír si la niña se ha dormido o está muerta. Vivir sin ella…No, la familia ya no sabe vivir sin ella.
La niña que moría a cada rato (2008) de José Luis Arce, ya desde su prólogo mismo, deja planteado un tema recurrente: la barbarie del llano en América. Una multitud de voces anuncian en la oscuridad que el jaguar regresará y les comerá el corazón, porque el jaguar no es otra cosa que hombre devenido animal. Es un esse que es fieri. Un hombre-animal que ya no quiere estar solo. Lo inefable de las leyendas encuentra en América un territorio muy productivo. Bosque, escarpaderas, senderos, río y vertientes son las palabras con las que los personajes dan cuenta del espacio exterior; allí, fuera del abrigo de la choza en la que vive la familia, todo es peligro y todo puede ser barbarie.
Pronto queda planteado uno de los núcleos dramáticos: ¿cómo se vive con alguien que se muere una y otra vez? Padre y madre, sustancia germinal de la familia, representan el desasosiego de la pérdida que no cesa. Todos morimos alguna vez, pero la niña que los peregrinos le dejaron a la mujer del hueco en el vientre, lo hace todo el tiempo. ¿Será un milagro? ¿Será un castigo que consiste en repetir la muerte provocando el hoyo eterno en el seno de la madre? La poesía del texto se vuelve pura representación.
Rápidamente, se revela que la angustia abarca a todos los integrantes de la familia; los hermanos no escapan a la tragedia de ver la muerte en el rostro de la niña una y otra vez. ¿Y si esta vez no despertara? Y si despierta ¿cuánto tiempo estarán sus ojos abiertos? ¿Cuánto demorará en irse a ese lugar donde el tiempo se pliega en torno de la muerte? Vivir con ella importa el reto cotidiano de soportar el desvelo, de dejar de respirar para oír si la niña se ha dormido o está muerta. Vivir sin ella…No, la familia ya no sabe vivir sin ella.
Publicado por: Teresa Gatto
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